Tras el revuelo ocasionado por Ignacio Bosque con su demoledor informe sobre las guías de lenguaje no sexista, bendecido por la RAE y aplaudido con entusiasmo en círculos machonazis, Amparo Moreno Sardá vuelve sobre el tema en este artículo publicado en El País. Lo mejor es que no lo hace para lamentarse del inmovilismo promovido por el académico, sino para ir más allá y animar a los investigadores a “ampliar el enfoque” y “promover una revolución científica que permita hacer diagnósticos rigurosos de los problemas de nuestras sociedades para encontrar remedios eficaces”.
Creo que Amparo Moreno recoge un sentir cada vez más amplio cuando dice que, aunque podríamos sentirnos incluidas en los masculinos supuestamente genéricos, somos muchas las personas que los evitamos porque “borran matices, crean la ilusión óptica de que vemos lo universal y nos llevan a confundir lo particular con lo general”. Y por esa razón “buscamos otras imágenes y palabras adecuadas a unas sociedades plurales y complejas que queremos cambiar para hacerlas justas y equitativas”.
Yo, desde mi oficio de escritora, intento esa difícil tarea. Pero la realidad es que tengo que hacer malabares para encontrar fórmulas inclusivas que no impliquen duplicar palabras ni forzar el lenguaje que hemos heredado. Y no siempre lo consigo. Porque el término no marcado, ese masculino supuestamente genérico que implica la consideración de la mujer como una anomalía, está tan en el núcleo de nuestro idioma que es una tarea compleja intentar sacudírselo cada dos líneas de texto.
Pero que sea difícil no quiere decir que no merezca la pena intentarlo. Para mí no es solo un principio ideológico. Prefiero trabajar de este modo porque considero que así, los libros, guías o folletos que me encomiendan empresas y organizaciones tienen mayor calidad y eficacia. Después de todo, ignorar a la mitad femenina del mercado cuando, según las últimas investigaciones, las mujeres deciden el 85% de las compras, no es que sea estupidez, sino que puede convertirse en suicidio.
El malestar que una persona siente cuando busca en su memoria una palabra sin éxito es el mismo que sufre una parte de la sociedad española que no encuentra en la lengua una correspondencia acorde con la realidad. Como propone Amparo Moreno, tendremos que seguir investigando, tendremos que seguir poniendo nombres a las realidades.
Recordaba Czeslaw Milosz que “lo que se nombra adquiere fuerza. Lo que no se nombra deja de existir”. De modo que, ¿qué hacemos con el masculino supuestamente genérico?
Ruth Matilda Anderson, una mujer que miró y vio a España como nadie lo había hecho antes, que encontró el rostro más humano, el más delicado, el más duro y el más desolador donde otros solo habían visto tipismo, hizo esta fotografía en la vieja Castilla en 1930. Modernas y antiguas. Una van y otras vienen. Las modernas son mujeres que se ha cortado el pelo, que han acortado sus faldas, que avanzan hacia un futuro prometedor. Mientras, de espaldas, otras mujeres, probablemente coetáneas, caminan, envueltas en las pesadas sayas de la tradición, hacia el mundo rural. Las modernas se creyeron imparables durante la primera mitad de los años treinta: comenzaron a ocupar los espacios públicos, el conocimiento, las decisiones sobre su vida, sobre su trabajo y sobre su propio cuerpo. Sus conquistas fueron borradas de la historia de España durante décadas y costó mucho recuperarlas. Así que hoy, 8 de marzo, es tiempo de recordar que los derechos no son para siempre si no cuentan con todo nuestro apoyo.
“Los nombres están ahí, solo hay que verlos, salvarlos, entresacarlos de su entorno para decir y decidir que son el mejor nombre posible en otro contexto”, dice Fernando Beltrán sobre su oficio de nombrador. Parece algo sencillo, dicho de ese modo: alargar la mano y tomar la fruta. Pero cualquiera que haya querido nombrar un grupo de música, una tienda, un gato o un hijo sabe que el proceso de elegir un nombre no es fácil. Por eso creo que el creador de nombres como “Amena”, “Faunia”, “Opencor” o “La casa encendida” es mucho más que un cazador de palabras. Es cierto que, en algunos momentos, es un portentoso descubridor de tesoros, un hombre capaz de revelar aquello que estaba oculto a la vista de todos. Pero Beltrán no solo reencuentra palabras y las hace brillar. Es también un diseccionador y es un doctor frankenstein creador nombres nuevos y vibrantes a partir de piezas aparentemente inertes; es ocasionalmente un filólogo que sigue un rastro histórico, es un músico que descubre vecindades llenas de sugerencias en los sonidos y es, sobre todo, un poeta que juega con los acentos, con los aromas, con los significados, con la memoria.
El nombre de las cosas es el libro con el que Fernando Beltrán ofrece la explicación definitiva. La explicación que probablemente le debía a su propia familia, a la que escandalizó hace muchos años con su pretensión de ser poeta. La explicación que tuvo que dar a sus colegas publicistas, que tardaron en comprender que, para nombrar una marca o un producto, se precisaba un nuevo oficio. Y la explicación que también necesitan esos clientes para quienes resulta casi incomprensible que, tras una única palabra, haya tantas semanas de estudio y trabajo concienzudo.
Escrito por sugerencia (¿no debería decir encargo?) de la editorial Random House Mondadori, que lo invitó a reflexionar sobre su trayectoria profesional, Beltrán traza en este texto un autorretrato en su doble e indivisible condición de poeta y nombrador y lo hace con el espíritu de quien revisa “los pasos por donde he venido”. Por eso, el suyo es un texto que salta de las memorias a la poesía, de ahí al ensayo filológico, a la anécdota, a las reflexiones sobre el márketing y a la filosofía más personal. Y por eso, quienes busquen en el texto de Beltrán un manual sobre naming (palabra que él detesta, dicho sea de paso) no lo encontrarán aquí. Como tampoco encontrarán el libro sobre economía y empresa que la editorial promete, por más que la “poesía aplicada” en la que trabaja Beltrán haya dado importantes ventajas competitivas a muchas corporaciones.
Porque Fernando Beltrán no presenta en su texto soluciones sino preguntas o, a lo sumo, sugerencias. No ofrece recetas para elegir ni para crear el nombre perfecto. Explica el camino que ha seguido en algunos de sus trabajos, pero deja bien claro que cada encargo es diferente y que cada creador ha de encontrar sus propios métodos. Ahora bien, después de leer este hermoso libro de capítulos brincadores, no creo que haya lector que no quede convencido de la importancia que tiene El nombre de las cosas.
Paco Cano, Canito, cumplirá en diciembre 100 años. Un siglo a sus espaldas y un muchas décadas dedicadas a la fotografía taurina. Siempre toros, solo toros y toreros. Hay que celebrarlo.
El ayuntamiento de Roquetas de Mar ha sido el primero que ha dedicado este año un homenaje al fotógrafo incluyendo en el mismo la exposición Cano, figura entre maestros. Se trata de una muestra que comisarié en 2005 junto a Josep Vicent Rodríguez y que produjo la Diputación de Valencia. Ahora, las más de ochenta fotos visitan las tierras de Almería.
Como sabéis, me gusta analizar imágenes, descubrir la mirada del fotógrafo y el relato que hace de la realidad. Y la historia que cuentan las fotos de Cano tiene mucho de épica y de luces, pero también una parte sugerida de miseria, un bastante de lucha y empecinamiento y un toque de eso que mi amigo Joaquín Bérchez dice que es el glamur franquista de los cincuenta.
La muestra está centrada en las figuras, en los triunfadores. Pero Cano también fotografió a los otros. Al resto, a los que lo intentaron y se quedaron en el camino, a los subalternos e incluso a las chicas de servicio que atendían las fiestas de los cortijos. Quizá este 2012 sea el momento apropiado para mostrar ese otro trabajo del fotógrafo, el otro lado de la fiesta.
Para los que sois amantes de los libros os dejo este precioso video de animación titulado The Fantastic Flying Books of Mr Morris Lessmore, una deliciosa historia que relata la especial relación entre el protagonista -un Buster Keaton revivido digitalmente y que no es ya más cara de palo- y los libros. Una fábula donde los libros y ese solitario escritor se dan vida mutuamente, alentándose, curándose en los malos momentos y alimentándose hasta darse alas.
El corto, de 15 minutos de duración, está dirigido por William Joyce y Brandon Oldenburg y ha sido nominado a los Oscar en la categoría de corto de animación. Tiene una versión interactiva (y de pago) para los usuarios de ipad.
Pulsad AQUÍ cuanto tengáis un cuarto de hora para gozarlo sin prisa.
Ahora resulta que todo era más simple. Y la polisemia, ese fenómeno por el que una palabra puede tener más de un significado, no es una simple zancadilla del lenguaje hecha para provocar tropezones a los hablantes extranjeros ni un juguete para uso y disfrute de los publicitas. En el MIT, ese lugar donde los lingüistas se mezclan con los ingenieros sin complejos, el profesor de ciencia cognitiva Ted Gibson ha descubierto que se trata de un recurso que mejora la eficiencia del lenguaje.
Su investigación, realizada con diferentes idiomas, ha contemplado que las palabras polisémicas tienden a ser breves y claras, fáciles de entender a la primera por los oyentes y sencillas de aprender. En definitiva: que son palabras que exigen un bajo esfuerzo cognitivo, por lo que su aparición es frecuente en cualquier conversación. Lo más interesante es que su presencia no provoca ningún problema de comunicación, porque el contexto se ocupa de eliminar cualquier posibilidad de confusión.
Cabo, ajo, cresta, diente, hoja… después de esto no sé si podré pensar en las metáforas que engendraron su presencia en tantos campos.
Ayer, en El País, Pilar García Mouton publicaba una preciosa tribuna titulada La fuerza de las palabras. Se trata de un texto lleno de amor al lenguaje, a las palabras y a su historia. Unas líneas que concluyen de la siguiente forma:
“Porque saber cómo son las palabras, de qué materia están hechas, cuál es su origen y dónde se conservan contribuye a devolverles prestigio, dignidad y un sitio al menos en la lengua pasiva de todos. Es cultura lingüística para hablantes curiosos.”
El texto, en su conjunto, es hermosísimo. A mí me ha hecho vibrar y, al mismo tiempo, me sabe a poco porque creo que se queda corto. Muy corto. En mi opinión, conocer más y mejor las palabras, su materia, su origen y sus vicisitudes es mucho más que un elegante barniz cultural para curiosos: se convierte en una poderosa herramienta. Las palabras son la materia con la que construimos nuestro pensamiento, de modo que profundizar en sus mecanismos y en su historia equivale a descubrir esas fuerzas que tironean de las palabras, las cambian y las manipulan para dirigir, con ellas, el pensamiento colectivo. Y nuestro propio pensamiento.
No me resisto a revisar esos apuntes que Victor Klemperer tituló LTI, La lengua del Tercer Reich y en los que el autor repasó la lengua de aquel tiempo abominable que le toco vivir. En sus primeros capítulos, reflexiona sobre la propaganda nazi de la forma siguiente: “El efecto más potente no lo conseguían ni los discursos, ni los artículos, ni las octavillas, ni los carteles, ni las banderas, no lo conseguía nada que se captase mediante el pensamiento o el sentimiento conscientes. El nazismo se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente” Y, recordando el dístico de Schiller sobre la “lengua culta que crea y piensa por ti”, añade: “Pero el lenguaje no solo crea y piensa por mí, sino que guía a la vez mis emociones, dirige mi personalidad psíquica, tanto más cuanto mayores son la naturalidad y la inconsciencia con que me entrego a él.”
Voto por que hagamos consciente esa fuerza de las palabras comenzando por desenmascarar a los manipuladores. Y que sus metáforas no dirijan nuestro pensamiento.
Llegada hace unos meses a Twitter, reconozco que estoy deslumbrada por el sistema de notitas. Frente a la mala prensa que me advertía de la superficialidad que estarían provocando sus 140 caracteres, me encontré justo con lo contrario: con un canal que ofrece profundidad a quien la quiera buscar, que exige un esfuerzo nada desdeñable y que, por ello mismo, provoca tanto placer intelectual como resolver un damero maldito de aquellos de Conchita Montes.
¿Esfuerzo por leer 140 caracteres? Sí: el esfuerzo que se precisa para hacer una lectura compleja, de esas de meter la cuchara hasta el fondo de cualquier asunto… y con la responsabilidad de encontrarte, de repente, con que la interpretación depende exclusivamente de ti.
El primer acontecimiento que seguí en el extravagante “directo” del pajarito azul, fueron las protestas que se sucedieron en Madrid después del desalojo de los últimos acampados del 15M de la Puerta del Sol. Podría haber esperado a que, unas horas después o a la mañana siguiente, alguien me contara lo que pasó en la televisión, en un periódico o incluso en una bitácora; podía haber seguido los acontecimientos en directo por televisión o radio, de haber habido alguna: en cualquiera de los casos, yo habría sido el destinatario de una narración organizada por otros y que fuera más o menos inmediata en el tiempo, más o menos conforme a lo que yo esperaba encontrar. En lugar de eso, lo que obtuve al seleccionar la correspondiente etiqueta en Twitter fue que, en vez de una versión compacta, tenía ante mí las piezas de un mosaico: unas teselas eran las fotos que enviaban los que habían acudido al lugar, otras eran comentarios de quienes transmitían lo que pasaba allí, en otras piezas se daban indicaciones para desplazarse a la Plaza Mayor; uno dejaba allí su insulto a los perroflautas, otro entraba para dar ánimo a los compañeros e iban apareciendo más fotos, más opiniones, más insultos, un video, otro más, nuevas imágenes, un enlace a un viejo informe, otro hacia una opinión y aparecía, entre tanto, más de un chiste: sobre los comerciantes, sobre la policía… Las piezas (una a una, una a una, una a una, en una larga secuencia) iban cayendo ofreciendo un fenomenal y caótico banquete informativo. Ningún periodista fino y objetivo o burdo y manipulador trabajó para mí; ningún editorialista sentenció desde su cátedra; ningún editor impuso su tijera. Todo fue más complejo porque tenía mucho de caótico, pero también más estimulante porque significó tener que leer entre líneas, interpretar, casar informaciones contradictorias, creer y cribar; y hacerlo a toda velocidad porque, en los momentos álgidos iban cayendo los mensajes de forma ininterrumpida: 30, 50, 90 más.
Desde entonces, y aunque tuiteo poco, no he vuelto a perder de vista esta pantalla que me ofrece con frecuencia los aspectos más insólitos de la realidad, que me enseña en un mismo plano varios perfiles, que me cuenta finales antes de relatarme el principio que le correspondería, que sitúa cuchufletas en grotesca vecindad con los temas más dramáticos. Estoy fascinada y convencida de que han sido Juan Gris o Picasso sus inspiradores; o a lo mejor es que Jack Dorsey, al escribir su algoritmo, estaba jugando a ser Cortázar saltando a la pata coja.
A continuación os dejo el vídeo con mi intervención en la mesa redonda del pasado viernes (22 minutos). El resto de lo sucedido esa tarde y otras actividades en torno al V Centenario del Hospital están en el mismo enlace.
Hubo un tiempo en que el Hospital General de Valencia ─la institución que atendía a los enfermos pobres, a los locos y a los niños abandonados desde inicios del siglo XVI─ era el único organismo que tenía permiso para organizar corridas de toros en la ciudad. Era un privilegio real gracias al cual conseguía una parte importante de su financiación y que, de rebote, convirtió a los administradores del Hospital en responsables de la historia taurina de la ciudad.
A punto de cumplirse los 500 años de existencia del Hospital, trataré sobre la historia común de la tauromaquia valenciana y la institución asistencial en una mesa redonda. Estaré junto al arquitecto Alberto Peñín, el matador de toros Pedro Marín y, ejerciendo de moderador, Cristóbal Zaragoza, el cirujano jefe de la Plaza.
La cita es el próximo viernes 7 de octubre a las 7 de la tarde en el Muvim. Os espero.